Cortarle las barbas (y la polla) a Marx

*Texto resubido de Feministas Ácidas

Abordar todas las violencias misóginas desde la terminología del marxismo clásico se lleva quedando pequeño desde hace mucho tiempo. Es absurdo que para definir la ideología de mis líneas de acción, tenga que poner un(su) apellido a mi feminismo. Entiendo que esto proviene de la pretensión teórica de transversalizar la lucha feminista en todas las reclamas sociales, pero a niveles prácticos lo que supone, primordialmente, es una supeditación de nuestra lucha al resto de reivindicaciones.

Feminismo como teoría social emancipada.

Como dice Julieta Paredes, los pensamientos sociales clásicos más influyentes son fundamentalmente pensados, llevados adelante y representados por hombres. La única teoría social construida, conceptualizada, sostenida, llevada a cabo y que tiene movimiento social de mujeres es el feminismo.

¿Por qué entonces tiene que ir el feminismo con su lista de proposiciones y mejoras a otra teoría? Hemos sido capaces de construir nuestro propio camino para trazar las vías de resolución de los conflictos sociales y, a diferencia del resto de teorías, no lo hemos hecho con la dirección de la mitad privilegiada de la población.

Una teoría social que excluye de sus procesos y no nombra (ni reconoce) las violencias sustentadas sobre el cuerpo de las mujeres, no podrá ser jamás una teoría revolucionaria. Sí, lo habéis entendido bien.

La revolución será feminista o no será.

Tengo conciencia de clase, reivindico la lucha de clases y me reconozco participante de la misma, pero no lo puedo considerarla más allá de una intersección más del sistema de violencias que recae sobre nosotras como pueden ser la raza, la diversidad funcional, la orientación sexual o la edad. En muchas ocasiones bajo el término lucha de clases se pierden e invisibilizan un montón de matices que exculpan de responsabilidades a nuestros compañeros de la clase obrera. A Kollontai le preocupaba dónde quedaría el papel de las mujeres una vez llegadas al paraíso comunista, ya podéis dejar de citarla.

La ley del aborto que pretende aprobar el gobierno de este estado criminal (sí, con irrespetuosa minúscula), por supuesto que tiene una interseccionalidad de clase en el momento que las señoras de la burguesía se lo van a poder pagar en el extranjero. Pero la humillación, denigración y violencia que supone que un montón de diputados acomodaditos con corbata, de una institución jerárquica y patriarcal, decidan sobre si (todas) las mujeres podemos tener derechos sexuales y reproductivos o debemos morir con una percha desgarrándonos las entrañas, eso, amigas no se llama lucha de clases.

Las mujeres hemos necesitado una urgente y radical reinterpretación de nuestra historia y de nuestro propio pensamiento social. Es cierto que Marx y Engels hablan de la división sexual del trabajo, pero si vais a Los orígenes de la Familia, Propiedad Privada y Estado, libro que mis compañeros se dedican a citarme una y otra vez, y os lo leéis de verdad, encontraréis que Engels habla de una división natural, una heterosexualidad natural y un género natural. Y, como reza un fanzine que llevo doblado de mil formas en mi abrigo “Lenin y Marx nunca follaron como nosotras lo hacemos“. En las teorías normativas no cabemos las disidentes.

No vale con reconocer una estructura de dominación social y aplicársela a todas las violencias que percibimos. No vale con decir que el rol de dominación burguesa en el ámbito privado, de la familia y el hogar, lo sostiene el hombre. No vale que, bajo la conciencia de clase, camuflemos las violencias de ideología machista.

El proletario deja de ser un sujeto revolucionario en el momento que el sistema le coloca en la cúspide de la dominación y es incapaz de reconocer y revisar sus privilegios; y está por ver si esto es posible sin abandonar la norma de un cuerpo leído como hombre.

Cuando todas las hermanas que han luchado a lo largo de la historia dejan testimonio de que a su lado los compañeros de clase y de lucha las seguían agrediendo, no podemos aludir simplemente a una opresión de raíces económicas. Exorcicemos a Marx, trascendámoslo y comencemos a revindicarnos como luchadoras que se rebelan contra nuestras propias opresiones, bajo nuestro propio discurso.

II. Caso práctico

Lo único que ha hecho falta para que el garrulismo de la izquierda, nuestros compas de trinchera, salten al cuello de una servidora ha sido poner guapa a Marx. A los pocos minutos comenzó un aluvión de comentarios poniendo el grito en el cielo por mancillar, despreciar, ridiculizar y escarnecer al liberador del proletariado.

Porque sí queridas, maquillar a Marx como a una señora es indignante desde el momento en que vivimos en un mundo en el que es indigno ser mujer y utilizar los códigos y los roles socioculturalmente asignados a lo femenino. Que hubiese dado igual Marx, que Engels, que Sorel, que Kropotkin. Aplicar una estética queer para desnormativizar al autor de sus dogmas es suficiente para desenmascarar la misoginia y la transfobia de los compas de la clase obrera. Porque no he visto tanto ofendido cuando se han hecho miles de montajes con la cara del señor. Esto es otra cosa.

Porque los chistes de violaciones, arrimar el paquete a mi culo en una fiesta, sacar a Merkel en tetas, usar el hijodeputa en asamblea, infantilizar a tus compañeras y tratarnos como idiotas eso, ES MUY GRACIOSO. Pero el maquillaje es de ser una pedazo de pequeña burguesa y una guarra. Claro.

Que te den asco o te parezcan ridículos los códigos asociados culturalmente a las mujeres se llama, OH SORPRESA, machismo.

Todo esto sólo argumenta porque dejáis de ser sujetos revolucionarios por muy proletarios que seáis: sobre vuestra aversión a las mujeres se cimentan todos los maltratos, agresiones, violaciones y asesinatos. Sois los cómplices de la violencia feminicida, no nuestros compañeros y mucho menos los que liderarán nuestra lucha.

No hay nada como el pequeño punk art de subvertir conceptos desde un punto de vista semiotico. En verdad, ha sido realmente divertido y bastante fácil.

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