De la iglesia del feminismo

Menos mal que las feministas blancas pensamos que nos hemos despojado de las raíces católicas de las que venimos.
Generamos discursos y prácticas feministas desde el juicio, el castigo, la culpa, la penitencia, el reproche, la devoción por el sufrimiento, la mortificación del cuerpo y el alma y desde la vigilancia sobre el resto -componentes nada católicos, por supuesto-, como si el cielo nos estuviera esperando por ser las elegidas, por ser mártires en esta vida y por el amor que profesamos a la santa inquisición feminista.
De esto aquí, ninguna nos libramos. Todas hemos juzgado y sido juzgadas, todas hemos castigado y sido castigadas. Cuanto más haya sufrido una en su deconstrucción, más admiración merece, porque nuestra cultura premia el sacrificio, siendo esa expiación la que valida nuestros procesos.
Y siento que estas dinámicas van a seguir perpetuándose, pues falta un análisis profundo de los orígenes de las mismas que no estamos dispuestas a asumir, porque somos lo suficientemente blancas, lo suficientemente europeas, lo suficientemente avanzadas y lo suficientemente leídas como para poder ver similitudes entre nuestras costumbres y las de nuestras abuelas. Esas abuelas tan lejanas, tan catetas y analfabetas que recorrían kilómetros descalzas mientras se encomendaban al Cristo de la Agonía. Y además tenemos la poca vergüenza y el cinismo suficiente de mirar por encima del hombro a las feministas islámicas, porque nosotras superamos hace años las dimensiones religiosas que nos supeditaban.
Perseguimos a la diferente porque la salvación solo nos pertenece a nosotras, las realmente oprimidas / las verdaderas hijas de Dios, como si ahí arriba no hubiera sitio para todas, como si hubiera un ahí arriba.

 

iglesiaquemada

 

Tengo que irme

La feminista de mierda. Yo. Una farsa de mi propio discurso. Una embustera, una sombra. Un timo. ¿Con qué criterio voy a contarme ahora realidades si he traicionado mis ideas?

Me enamoré. Me enamoré tan hasta los huesos que dejé de respirar durante algunas estaciones. En nuestro vagón de hierro sólo existían amor, sexo y lucha. Y la lucha se confundía con el amor y el sexo con la lucha. Y bajo la ducha nos corríamos las semanas, los meses, los años. Y nos pensaba como ese cambio que buscamos en el mundo, una bandera de hilo que se tejía a cada orgasmo.

No había modelos para nuestra relación, así que nos la fuimos inventando. Compusimos la forma de amarnos y desabrochamos cada botón de todas mis camisas.

Mi primera revolución fue que entraras. No sé como llamarlo ahora que te estoy sacando. Porque, entre tanto beso, tanta tela y tanta calle, no vimos que los botones se descosían.

Y ahora que no somos dos, las fobias patriarcales se agolpan en los bolsillos. Siento soledades, miedos y celos, ¿dónde está mi feminismo?

Llevo tanta culpa por no ser la mujer que deseo. Si el feminismo nos cagó la vida, no te quiero contar la culpa. Esa culpa culpita por cometer pecados biopolíticos que no se absuelven con ninguna penitencia morbosa. Supongo que todas acarreamos las culpas de haber fracasado ante nosotras mismas. Pero necesito más.

*Texto resubido de Feministas Ácidas. 2013

Como un montón de tampones volando por los aires

Corro al vagón, me hago un hueco al final del mismo, llego tarde a una reunión, tengo la cabeza llena de las cosas que vamos a tratar y siento que todos mis movimientos son automáticos. Me agacho a rebuscar en la mochila y al tirar de la sudadera esparzo una caja de tampones por todo el piso del vagón de metro como si de una suerte de confeti colorido y brillante se tratara.

hannah-altman-on-glitter-bombing-beauty-standards-body-image-1427323673

Comienzo a recogerlos en el modo autómata en el que debo llevar la última media hora hasta que el silencio incómodo que me rodea me obliga a salir de mi misma.

Todo el mundo está pendiente de aquellos pequeños algodones con fines menstruales condenados a la invisibilidad social si no son para reivindicar una feminidad televisiva. Dos chicas de unos 15 años me miran con horror y algo de vergüenza como dando gracias por no ser yo en esos momentos. Las miro y me reconozco, hace no tanto yo era ellas. Pero la escena me hace tanta gracia que no evito soltar una carcajada estridente que parece relajarlas, ríen conmigo y termino de recoger con la complicidad de mis nuevas amigas.

Supongo que esto para mi es el feminismo, tener un cotidiano alejado de las fobias patriarcales, vivir mi vida con tranquilidad y poder hacer risas de cualquier situación que incomode a los caballeros inquisidores, retirada de discursos vanguardistas que no puedan explicarse más allá de un simple cruce de miradas.